22 de junio de 2026

EJERCICIOS DE CONTEMPLACIÓN. FRANZ JALICS.

Hace poco una amiga me regaló el libro “Ejercicios de contemplación”, de Franz Jalics, y cual no ha sido mi sorpresa al leer que el primero de los ejercicios que propone, y al que dedica bastantes páginas, es un Paseo Contemplativo por la naturaleza. Vamos, los mismos Paseos que llevo haciendo por parques y zonas verdes de mi ciudad desde hace un montón de años en solitario o, desde hace casi doce años, en grupo, y a los que he denominado Paseos Conscientes, o también Meditativos o Contemplativos. En la versión japonesa, Baños de Bosque.
 
Franz Jalics
(1927–2021) fue un sacerdote jesuita, teólogo y escritor espiritual húngaro. Nacido en Budapest, ingresó en la Compañía de Jesús en 1947. Tras estudiar filosofía en Bélgica y teología en Chile y Argentina, fue ordenado sacerdote en 1959.
En mayo de 1976, mientras realizaba trabajo social y pastoral en un barrio pobre de Buenos Aires, en plena dictadura militar argentina, fue secuestrado junto al jesuita Orlando Yorio por los "escuadrones de la muerte". Estuvieron cautivos, encapuchados y maniatados durante cinco meses hasta ser liberados. Tras esta traumática experiencia, dio un giro radical a su vida, orientándose hacia la práctica del silencio y la meditación. Desde 1963 hasta 2014 se dedicó a impartir retiros espirituales y ejercicios contemplativos, primero en Argentina, luego en Estados Unidos y, a partir de 1978, en Haus Gries, Alemania.

"Al finalizar la segunda guerra mundial, me encontraba en Alemania y me había convertido en un fugitivo. En aquel entonces, millones de extranjeros vivían en campos de refugiados. Yo era uno de ellos. Todos los días, durante muchas horas, salía a pasear. El paisaje era muy bello. A diario caminaba de cuatro a cinco. La naturaleza me hacía mucho bien. Me sentí purificado por ella. Encontraba mucha quietud en ella y siempre volvía descansado”. 

"Percibir significa volverse consciente. Es una actividad de la conciencia. Los órganos de los sentidos llevan conocimientos a la conciencia, que nosotros llamamos percepciones de los sentidos: contemplar con los ojos, escuchar con los oídos, oler con la nariz, palpar con los dedos y gustar con la lengua. Permanecer en la percepción significa también permanecer en el presente”. 

La gran maestra es la naturaleza.

 "El gran maestro de la contemplación es la naturaleza. Con ella comenzamos nuestro camino. Salgamos a la naturaleza y paseemos como de costumbre. Luego caminemos cada vez más lentamente y detengámonos. Observemos, por ejemplo, un árbol. Dejemos que el árbol actúe sobre nosotros. Es posible que de pronto nos preguntemos acerca de la edad del árbol. Es una pregunta que surge de la mente, de la razón. Con ella nos ubicamos en el plano mental; ya no estamos en la percepción pura. Si nos damos cuenta, volvamos a la percepción. Dejemos que el árbol siga actuando sobre nosotros. Puede ser que imperceptiblemente entremos a cuestionarnos la muerte de los bosques y el estado de este árbol. 
Luego escuchamos un pájaro. No para saber dónde está o cómo se llama, sino para dejar actuar sobre nosotros su gorjeo.
El hecho de que nos distraigamos no es grave. En cuanto nos damos cuenta volvemos atrás sin reflexionar sobre cuáto tiempo y por qué estuvimos distraídos
Con la percepción aparece también una experiencia totalmente nueva: en la contemplación no necesitamos lograr nada.
Nos mantenemos en contacto con la naturaleza. Podemos mirar el cielo azul, escuchar el murmullo de un arroyo, observar a las hormigas, admirar la belleza de una flor, sentir el viento en nuestra cara y dejar actuar sobre nosotros el movimiento de las nubes. Si escuchamos a lo lejos el ruido de un automóvil, también podemos percibirlo. Lo importante es no querer juzgar o cambiar nada., sino asimilar todo de la manera en que se nos manifiesta.
La actitud contemplativa nos conduce a una increíble calma. Todo lo que está presente puede estar presente. No necesitamos cambiar nada. Lo dejamos todo como está”.
 
Instrucciones para la meditación extraída del diálogo de Franz Jalics con practicantes:

"Trata primero de caminar lentamente y luego más lentamente aún. 

Percibe esta sensación de frescura y alegría con toda claridad. La has vivido, pero no la has registrado. Llévala al centro de tu atención. 

Dije que no queríamos conseguir nada en estos ejercicios. Les mandé pasear en la naturaleza con la única tarea de prestar atención a la percepción. Tú saliste y ya te habías fijado la meta del bosque. Ahora dedícate sólo a pasear lentamente y a observar lo que hay a tu alrededor. Trata de mirar y escuchar sin otra intención. Trata de quedarte en la percepción sin fijar una meta. 

No tienes necesidad de desconectar tus pensamientos. Dirígete hacia la percepción de una flor. Mientras te asombras por la flor, no tienes pensamientos. No luches contra ellos. Sepárate de ellos de manera que no los rechaces. Y no los combatas, sino dirígete simplemente hacia la percepción. Si tu atención está más en la flor que en tus pensamientos, estos se retirarán al límite de tu conciencia y no molestarán más. 

Existe una gran diferencia entre observar y contemplar. Si uno observa quieren saber y obtener información. Uno quiere conseguir algo, por ejemplo conocimiento. En cambio el mero contemplar no pretende conseguir nada. 

Aprende a contemplar lo que está, sin querer cambiarlo. 

La contemplación carece de intención. Cuando uno ya no espera nada, aparece un mundo nuevo". 


Los siguientes ejercicios que propone Franz Jalics, a excepción del segundo, que recuerdan a una práctica de vipassana, son ya ejercicios contemplativos cristianos

Tercer y cuarto ejercicio. "Jesucristo realizó sus milagros mediante contactos corporales o imposición de manos. Tradicionalmente todos los cuadros de la crucifixión muestran las heridas en el centro de las palmas de las manos. Por ello el cristiano se recoge en la oración juntando las manos. 
Siéntese. Junte las manos. Sienta el centro de las palmas de las manos”. 

Quinto ejercicio. "Una vez que esté bien centrado, emite al espirar un "sí" prolongado hacia el interior de sus manos. Deberá ser una "palabra interior". No mueva los labios. Dígalo con una resonancia interna. Atienda enseguida al centro de sus palmas para saber se llega este "sí" y cómo llega. Pronuncie este "sí" cada vez que espire". 

Sexto ejercicio. "Ahora le invitamos a que, en lugar del "sí", pronuncie el nombre de la Madre de Dios. Podrá ser "María", o bien "Madre de Dios"” 

Séptimo ejercicio. "Pase ahora al nombre de Jesucristo. Diga cada vez que espire “Jesús” hacia el interior de sus manos, dando resonancia interior, y cada vez que inspire diga “Cristo””. 



Franz Jalics - ¿Fue la contemplación?
https://www.youtube.com/watch?v=nstePoTZEW4

Jardines zen naturales en bosques del Pirineo. https://www.youtube.com/watch?v=bi8bCMpaeuc&t=2s 


 
 

7 de junio de 2026

DESCANSAR EN LA CONCIENCIA. EL ENVEJECIMIENTO COMO PRÁCTICA ESPIRITUAL (IV). LEWIS RICHMOND. SACERDOTE ZEN.

Descansar en la conciencia puede ser la práctica espiritual más profunda del envejecimiento. A pesar de que tengamos cuarenta, sesenta, ochenta años o más, descansar en la conciencia y acariciar nuestra naturaleza divina es una forma de ser eternamente jóvenes.  

Has estado aquí desde el principio. Estás aquí ahora, descansando en la conciencia, y a medida que envejezcas y te debilitas seguirás estando aquí.
Un maestro contemporáneo de meditación tibetana dio una vez una conferencia sobre el hecho de “estar aquí” y un alumno le preguntó:
-¿Qué pasa si alguien enferma de Alzheimer? ¿Seguirá estando aquí?
-Sus facultades mentales se deteriorarán –contestó el maestro- y su personalidad se debilitará, pero su esencia no cambiará.
Y cuando llegue el día de tu muerte, también seguirás estando aquí.
Le preguntó a un buen amigo, un destacado maestro del budismo tibetano en Occidente, qué enseñaba su tradición acerca de la preparación para la muerte. 
“Todos mis maestros me enseñaron que cuando llegue la hora lo único que tienes que hacer es descansar en la conciencia”, me dijo. “No hay que hacer nada más”. 
La verdad es que ese momento final no se diferenciará de éste ni de ningún otro momento. Aunque tus amigos y tu familia te vean desaparecer, lo cierto es que no te disolverás en la luz. Porque ahora mismo ya eres luz. Te disolverás en luz del mismo modo que el agua se disuelve en agua. Te desvanecerás en algo que ya eres. 

Meditación guiada por Lewis Richmond (67'): 


31 de mayo de 2026

UNIDAD EN LA DIVERSIDAD. BERNIE GLASSMAN. MAESTRO ZEN.

Como maestro zen siempre me preguntaba qué prácticas podrían desarrollar para ayudar a mis alumnos a experimentar la unidad de la vida. Siempre me planteaba preguntas como: ¿Qué nos mantiene con la sensación de estar separados los unos de los otros?

Hitler y los nazis alemanes se habían propuesto acabar con las diferencias. Habían divinizado una raza y una cultura, habían declarado a las otras inferiores y seleccionadas algunas para ser exterminadas. Yo estaba decidido a llevar a gente de diferentes religiones y nacionalidades justo al lugar donde la diversidad había sido condenada a una terrible tumba. 

He hecho muchísimos retiros en mi vida, y en cada uno he aprendido una lección particular. Lo que aprendí en el retiro Auschwitz-Birkenau fue esto: lo que tenemos en común es nuestra diversidad. 

Anhelamos encontrar cosas que sean comunes a todos los seres humanos, cosas que nos puedan unir. Pero tras ese anhelo subyace el deseo de que los demás sean como nosotros, afirmando así nuestra manera de ver las cosas. Y esa es la trampa. 

Adolf Hitler también había querido un acontecimiento de uno solo. Su manera de conseguirlo era eliminando la diversidad. Creó cientos de lugares como Auschwitz y Birkenau donde podría destruir la diversidad y crear un pueblo que mirara lo mismo, pensara lo mismo, viviera lo mismo. Pero no pude hacerlo. Porque lo único que tenemos básicamente en común es que todos somos diferentes. 

Cuando vemos a alguien que no tiene el mismo aspecto que nosotros, que tiene otras costumbres y que habla una lengua extraña, comienza un lento proceso de deshumanización. Quizás no pensemos conscientemente mal de él o no le deseamos ningún mal, pero no creemos que sea tan humano como nosotros. A menudo esto es un proceso sutil, y notarlo requiere atención, honestidad y sensibilidad. A veces no es nada sutil y la gente empieza a actuar a partir de estas concepciones y niega derechos y libertades básicas a los demás. Y cuando lo hace, dice el rabino Primo Lévy, “entonces, al final de la cadena, está el
lager ” (el campo de concentración). 
Auschwitz sucedió porque unos seres humanos condenaron a muerte a otros por su diferencia.

La diversidad es la otra cara de la unidad. Todos somos parte de una única unidad, pero también somos diferentes. 

Extraído del libro "Dar testimonio. Lecciones de un maestro zen pacificando", de Bernie Glassman y Eve Marko. Publicado en España por la Asociación Zen Dana Paramita.  





Más de dos décadas dando testimonio en Auswitz/Birkenau:


16 de mayo de 2026

CONTEMPLANDO LA REALIDAD DEL VACÍO. TANGEN HARADA ROSHI.

Hay una famosa cascada frente a la costa aquí en el pueblo de Obama, y ​​los barcos van allí para mostrar a la gente el agua blanca cayendo como una tela de seda en cascada. La vida es como el agua impetuosa de la cascada. Desde la distancia parece sólida, pero cuando miras de cerca, ves que está en constante movimiento, en continuo cambio, corriendo como una cascada de larga cuerda blanca. Parece estar siempre ahí, pero no es sólida. El agua que ves en la cascada ya ha corrido hacia el gran océano. La vida está viva; no es estancada ni sólida. No tiene naturaleza propia. Esta es quizás la manera más sencilla de describir la vida: es espacio ilimitado, tiempo ilimitado, nunca el mismo estado, instante tras instante, fresco y nuevo. Nacimiento y muerte, nacimiento y muerte, en constante continuación, en constante cambio, ahora, aquí.

 
Cuando uno está en armonía con el tiempo, el lugar y las circunstancias —ahora, aquí—, ¿dónde reside la solidez? Fundamentalmente, nada permanece ni por un instante. No existe una forma sólida. Todo el tiempo ilimitado es solo este instante, cuerpo y mente en sincera armonía, ahora y aquí. Todo es abierto y honesto, alterando su forma según las condiciones cambiantes. La multitud de formas que aparecen no son sólidas. Solo hay una danza constante de forma y función. «Todos los fenómenos surgen de causas y condiciones. Al surgir de causas y condiciones, carecen de naturaleza propia». 
 
Cuando las condiciones se dan, surge una forma. Cuando las condiciones cambian, la cosa desaparece. Cada punto, cada mota, nace de causas y cobra vida en circunstancias. Nacido de causas y condiciones, el mundo es perpetuamente fresco y nuevo. Ciertamente no hay un yo fijo y permanente, y esto no se aplica solo a las cosas que crees que están fuera de ti, sino que se aplica a ti mismo. No hay un yo. Sí, hay pensamientos, pero todos se aprenden de otras personas. Cuando naciste, no tenías ningún pensamiento. Sí, hay sentimientos. Pero los sentimientos nunca aparecen sin un estímulo externo; siempre surgen en relación con las circunstancias. Ni siquiera existe "mi cuerpo". Este cuerpo, si lo estuviéramos contabilizando, serían 240 sacos de arroz, 450 botellas de leche, 275 zanahorias, 190 rábanos, etc. Lejos de ser un yo independiente y separado, todo se recibe, se da. Sigue tus pasos: ¿Cómo llegaste hasta aquí? Paso a paso, depende de la gran tierra.
 
Siempre pensamos: «Yo hice esto; yo hice aquello». Si observamos con atención un solo ejemplo de «yo hice esto» o «yo hice aquello», podemos ver que todo se recibe, se integra. Todas las cosas surgen a través de causas y condiciones; en ningún lugar existe un yo sólido y permanente. Simplemente hay una cristalización de la deuda, un don del cielo y de la tierra, plenamente protegido y cuidado.
 
Al contemplar la realidad del vacío, sin importar lo que suceda, sin importar cuándo, dónde o cómo, siempre es solo la mente original perfecta. Nada sobra, nada falta. Virtud completa, mérito perfecto. Todos lo reciben todo, sin importar la forma que adopten, sin importar cómo se presente.
Entonces, ¿cómo puede alguien juzgar, comparar y sentir envidia? El yo y el otro no son dos. Sin yo, sin otro. Este yo que ha sido tan miserable no existe. No hay nada artificial en la verdad; en la verdad, todo es verdad. Qué íntimo, qué cercano: esta vida jamás podrá ser arrebatada, jamás dañada. Esta verdad es universal.
 
Cada día, todo parece cambiar, pero mientras sigamos pensando que hay cosas que cambian constantemente, solo veremos cambios. Si nos dejamos llevar por la superficie, por condiciones superficiales y siempre cambiantes, siempre tendremos objeciones y ansiedad. Pero la fuente de la fuente, la verdad de la verdad, es inamovible; es universal. Esto es lo que recitamos en el Hannya Shingyo: "Todas las cosas son esencialmente vacías. No nacen, no se destruyen, no se manchan, no son puras, no aumentan, no disminuyen". Todas las cosas son siempre una sola. Por encima y por debajo de los cielos, solo uno mismo. Esta vida jamás se puede arrebatar; esta vida jamás se pierde; esta vida jamás se engaña.
 
El vacío verdadero es una existencia maravillosa. El vacío es tu naturaleza, y lo que surge y florece de este vacío es la verdad. Este vacío es verdaderamente cada vez más pleno, un potencial completo. En el vacío verdadero todo puede revelarse. El vacío verdadero, el vacío absoluto, no está separado de esta maravillosa existencia. Lo absoluto y lo relativo son uno. Una verdad. Un aliento. Este único aliento.
 
Del libro “ Lánzate a la casa de Buda: La vida y las enseñanzas zen de Tangen Harada Roshi”.
Fragmento publicado en THE DEWDROP.
 

El Viejo Buda - Harada Tangen Roshi - dando una charla zen:
https://www.youtube.com/watch?v=n7wjD3HJsUE&t=174s


Cascada de Oros bajo. Valle de Tena. Huesca. Primavera.

3 de mayo de 2026

DESCUBRIENDO EL “YO PROFUNDO”. SESIÓN 1. ECKHART TOLLE. RETIRO EN MÉXICO EN ESPAÑOL 2022.

Si contemplas esa flor y verdaderamente contemplas, y te permites contemplar la flor dos o tres minutos, entonces algo será añadido a tu percepción, que es más que lo que ves. Tú sientes la vida de la flor, que no se ve. Sientes su presencia. Tú sientes también que existe rodeada de silencio, que la flor está ahí en un silencio profundo. Que otros árboles también. Un silencio profundo que es casi como si hubiese una comunicación entre entre la flor y tú, que se establece sin palabras. La flor aparece en la conciencia y tú eres la conciencia y tu conciencia y la conciencia de la flor es la misma conciencia. Y yo lo veo así. Si tú contemplas la naturaleza de esta manera entonces no solamente te das cuenta de la profundidad detrás de la apariencia, también de lo que llamamos flor. A través de tu realización, la flor se reconoce a sí misma. O el árbol. Si contemplas el árbol, si ves su belleza, también sientes el ser, que es la esencia del árbol. Entonces, como no hay verdaderamente separación, en este proceso de comunicación con el árbol y la flor, el árbol y la flor se reconocen a sí mismos. Porque la flor no sabe que es bella. La flor es. Pero cuando yo me comunico con la flor, la flor empieza a realizar su propio ser, su propia belleza. Es el final de la separación entre las cosas. Tú puedes representar la conexión para la naturaleza.La naturaleza es muy importante en el proceso de despertar. Te ayuda a ti, pero tú también ayudas a la naturaleza.  
Transcripción de un fragmento de la conferencia.

Muy buenas las respuestas, y con sentido del humor, a las preguntas que le han planteado por carta a Eckhart Tolle.



Descubriendo el “Yo Profundo”. 13-16 octubre 2022:  
https://www.youtube.com/watch?v=OEufLzSR0hE


21 de abril de 2026

UN RAYO DE LUZ 一筋の光 hitosuji no hikari CAMINO DE SANTIAGO. FÉLIX ARCE.

Recuerdo San Juan de Ortega apareciendo diminuto al pie de las colinas. El camino serpenteando suavemente, dejándose caer hasta los pocos tejados rojizos que aparecen aún lejanos entre los árboles. 

Recuerdo caminar junto a Masuhiro por el altiplano de los Montes de Oca, rodeados de pinos, contemplar nuestras sombras precediendo nuestros pasos, y reír. Dos peregrinos, dos caminantes que se acompañan.

Recuerdo nuestra charla que iba y venía como el viento de junio entre los pinos. El camino era cómodo y caminábamos animadamente, sin sentir apenas el peso de las mochilas sobre la espalda, de los kilómetros en los pies. Charlábamos de literatura japonesa, lo recuerdo bien, porque los grillos y las chicharras no dejaban de cantar entre la hierba. Algunos, los más cercanos al camino interrumpieron su canto al sentir nuestros pasos y luego regresaron a reanudarlo. Y su canto y nuestros pasos se iban alejando… Lo recuerdo bien porque las alondras trinaban en el aire, remontando el vuelo y dejándose caer, como el juguete de un niño. Y recuerdo que me gustó su nombre en japonés: “hibari”.

A veces, lejos de allí, lejos de entonces, cuando oigo el canto de los grillos y las chicharras entre la hierba me acerco sigiloso, como un gato que caza, como un niño que juega, hasta que su canto cesa y yo detengo mis pasos. Y me mantengo así, inmóvil, como de muestra, hasta que su canto retorna y yo me voy, alejando mi sonrisa de su canto.

Recuerdo las hierbas altas que crecían a lo largo del camino, tan similar a la “susuki”, la hierba flotante de tantos poemas clásicos japoneses. Ah… cómo recuerdo aquellas hierbas blanquecinas y altas que el viento movía produciendo olas cambiantes de color, de brillo. El viento entre mi pelo, refrescando mi piel, deslizándose entre mis manos abiertas. Y recuerdo nuestro silencio arrepentido, cuando avistamos por fin los tejados de San Juan de Ortega, allá abajo, entre los árboles, más allá de los campos de cereal. Nuestro silencio.

 canta una alondra,
 la sombra de las nubes
 sobre el Camino

Frente al albergue, tumbado sobre la hierba, descanso. Al lado está la iglesia del famoso “milagro de la luz” en el capitel de la anunciación. El agua de la fuente, la sombra de los árboles, la brisa suave que sisea entre las hojas…

Y de pronto una música, apenas brisa entre la brisa al principio, pero sí, música de órgano… Viene de la iglesia. Me acerco despacio, la puerta está abierta, entra, el frescor de una luz tenue me envuelve al instante. Un viejecito encorvado sobre el teclado parece improvisar. Parece que no se ha dado cuenta de mi presencia. Estoy ahí de pie, sólo, apenas visible tras una columna, no quiero interrumpirle. Y entonces comienza a interpretar a JS Bach, la cantata “Jesús, alegría de los hombres”.

https://www.youtube.com/watch?v=ijy4D8p1gh0&list=RDijy4D8p1gh0&start_radio=1

      Me siento despacio sobre un banco. Las notas ascienden en volutas hasta la bóveda de piedra y de allí vuelven a caer en guirnaldas de hojas hasta las lasas del suelo, cierro los ojos y las notas ascienden y descienden una y otra vez como el vuelo de una alondra invisible que juguetea sobre el coro y se enrosca en los capiteles, en los fustes de las columnas, entre mis dedos que asen aire translúcido. Como llamados asisten los trinos de los pájaros que llegan desde afuera y esa música que ya no es música ni trino ilumina los arcos y el aire, y devuelva a la vida a las piedras. Se expande, se mueve, palpita…
       Cuando la música termina todavía siento dentro de mí una emoción tan intensa que casi no puedo respirar…

Fuera, de nuevo tumbado sobre la hierba, mis dedos se mueven por encima de mi cara jugando con el sol, intentando asir algo que no se puede asir, dirigiendo una música que no se puede escuchar. Pienso en escribir algo, un haiku, aunque sé que no lograré escribirlo nunca. Recuerdo a Basho y su "Matsushima ah, ah… Matsushima…" Sigo entrelazando mis dedos con los rayos de sol…

        Las campanas llaman a misa. Dos mujeresucas del pueblo, tres peregrinos extranjeros entran a la iglesia. Entrada de nuevo. El cura resulta ser el organista que escucha hace un rato. Ahora, viejo y de pie, parece aún más frágil. Le  falla la vista y las lecturas resultan ser casi ininteligibles. Se acerca la Biblia  a la vista, se la vuelve a alejar, pero nada, no puede leer salvo frases  entrecortadas. Los trinos de los pájaros entraban de nuevo en la iglesia,  limpios, luminosos… y mi corazón… mi triste corazón….

En el albergue, el párroco ofrecía una sopa de ajo para los pocos peregrinos que allí estábamos. El buen hombre insistía en que repitiéramos. Se escucharon retazos de la receta en varias lenguas… Después ayudé a recoger la mesa, a guardar los platos, las cazuelas. Quería acercarme a él para charlar un poco. José María me dijo que se llamaba. Le estreché la mano, cálida, delgada, y le felicidad por su música. “Música no, sólo hago ruido”. No es ruido, no es ruido… le dije yo. Él bajó sus ojos de niño tímido y sonriente.

Esta mañana, de pronto, escuchando la radio, me enteré de la muerte hace unos días de José María, el párroco de San Juan de Ortega. Algo en mí se quedó quieto para siempre. Algo, de nuevo otra vez, que se rompe y se deshace sin susurrar siquiera…

       Recuerdo aquel atardecer, sí, apenas hace un año, sueño de siglos ya, sí, lo recuerdo porque los vencejos zigzagueaban en el cielo que se hacía noche como queriendo enhebrar la tarde que se iba. Masuhiro y yo charlábamos y charlábamos, sin prisa, queriendo detener también aquel día con nuestras palabras. Yo le explicaba la diferencia entre espadaña y campanario, esto y aquello, y cuando los chillidos de los vencejos casi rozaban nuestras cabezas nos quedábamos quietos y mudos, y los contemplábamos siguiéndolos con
nuestra mirada.

Recuerdo aquel atardecer porque la luna y venus brillaban en el cielo sereno con la última luz de la tarde, y entonces me llamó mi padre al móvil, y yo le conté que había conocido a un hombre, también muy mayor, pero que tocaba música extraordinaria, que tenía magia en sus manos y tenía luz en sus ojos… y que yo… yo…

Ah… cómo recuerdo aquella luz de la tarde que se resistía a perderse en la noche y nosotros contemplábamos… y sin embargo algo dentro de mí ya sabía entonces que una nube, en alguna parte, sin avisar, ya se estaba convirtiendo en agua, y el agua en lluvia….


       

silencio del aire 
y en el frio de la piedra 
         un rayo de luz
 






Del libro RECOGIDO EN EL AGUA", de Félix Arce.

Finisterre. Félix Arce: