Ante la espontánea pregunta de qué pasa cuando morimos, Shuryu Suzuki dijo: “Tranquilo, porque no pasará nada”.
Lo vi morir lentamente. Yo era joven y estaba consternado; nunca había visto a nadie apagarse lentamente. Lo asombroso es que él seguía siendo el mismo de siempre. Reía, bromeaba, paseaba por los alrededores de nuestro centro zen saludando a la gente que se le acercaba y hablaba tranquilamente cuando se tropezaba con alguno de nosotros.
Yo no paraba de pensar cuándo cambiaría, cuándo admitiría aquel horror que estaba a punto de producirse. Nunca lo hizo. Al llegar aquella última mañana, llamó a su discípulo principal. Cuando éste entró en la habitación de Suzuki, el maestro lo miró por última vez, exhaló un último y largo suspiro, y no volvió a respirar.
Eso fue todo. No sucedió nada especial, porque así es como vivió Suzuki durante toda su vida. Estaba preparado para que cada exhalación fuera la última.
Cuando llegue la hora, espero poder descansar en la conciencia con su misma sencillez y tranquilidad.
Lo vi morir lentamente. Yo era joven y estaba consternado; nunca había visto a nadie apagarse lentamente. Lo asombroso es que él seguía siendo el mismo de siempre. Reía, bromeaba, paseaba por los alrededores de nuestro centro zen saludando a la gente que se le acercaba y hablaba tranquilamente cuando se tropezaba con alguno de nosotros.
Yo no paraba de pensar cuándo cambiaría, cuándo admitiría aquel horror que estaba a punto de producirse. Nunca lo hizo. Al llegar aquella última mañana, llamó a su discípulo principal. Cuando éste entró en la habitación de Suzuki, el maestro lo miró por última vez, exhaló un último y largo suspiro, y no volvió a respirar.
Eso fue todo. No sucedió nada especial, porque así es como vivió Suzuki durante toda su vida. Estaba preparado para que cada exhalación fuera la última.
Cuando llegue la hora, espero poder descansar en la conciencia con su misma sencillez y tranquilidad.


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